Era la primera vez que se acercaba a mojar los pies a la playa, cuarenta años habían sido muchos, esta vez ni su San Pedro ni sus plegarias habían podido ayudarla; la esperanza se desvanecía un poco más cada día…, Lucía debía retomar sus propios cuidados, ahora con la sal acariciando sus tobillos pensaba en la de veces que Mateo la había sacado de la cama para llevarla a enfriar su maltrecha circulación sanguínea.
Pensaba… - Mateo aun estará en la cama, hasta las siete no lo despertarán…-
Hasta las diez no estará con él, ahora es ella la que le refriega las piernas con alcohol de romero y lo peina y lo acicala esperando que un día cuando llegue al hospital recuerde su nombre…
